Un upgrade* es algo que siempre se recibe con alegría y, para qué vamos a negarlo, algunas veces con cierta desconfianza, porque uno tiende a creerse merecedor de la mala suerte pero no de la buena.
El mejor upgrade que se puede recibir es el de la cambio de clase en un viaje en avión (especialmente si el mismo es largo). Eso sucede cuando el vuelo está sobrevendido en clase turista, pero quedan lugares libres en primera o ejecutiva y aquellos pasajeros que se quedaron sin asiento reciben el regalo divino de saltar a otro mundo (que efectivamente es más caro e injustamente mucho más mejor).
A mí sólo me ha pasado una vez, regresando de México y fue una experiencia inolvidable (por supuesto Rodolfo estaba a sus anchas).
Pero en realidad el upgrade que más veces me han dado es el del hotel. La última vez ha sido esta semana, en Buenos Aires, en la que en el apart-hotel en el que tenía reserva se les habían ocupado todos los apartamentos de un ambiente y me instalaron en uno de tres (living comedor, cocina y dormitorio, además del baño of course), todo con esa decoración modernosa e impersonal de los hoteles y televisores por todos lados. En realidad cuando uno viaja por trabajo aprovecha poco estas cosas, por lo que a mí, el upgrade, me dejó más bien indiferente.
Claro, que la Diosa de la Fortuna (¿Diosa de la Fortuna? Por Dios, me estoy poniendo gagá) eso no lo sabía, y creyó conveniente compensar esa gracia con una desgracia…
El caso es que después de una excelente velada de pizza y birra (sin faso, o sea desfasada -cuack) con unos amigos (guiño, guiño), me levanto el miércoles, me baño, me visto y armado con un libro, me voy al comedor donde sirven el desayuno. Me preparo un café con leche, una tostadita con dulce de leche, juguito de naranja, me siento, abro el libro, y a disfrutar de esos quince minutos de placer antes de que otro día de visitas y reuniones me ponga de mal humor…
¿y qué sucede?, que entra una manada (familia) de brasileros (que tienen ocupada Buenos Aires ahora que el real está tan apreciado) a turbar la paz del lugar, y entre todos ellos Mamá São Paulo, que mientras se servía doscientas medialunas seguía hablando con Papá Ouro Preto, en el otro extremo de la sala, a un volumen que sin duda excedía en sus buenos 30 decibeles el máximo permitido en zonas industriales.
Fodoresco que es uno, no puedo evitar murmurar sin apartar la vista de mi libro “a Senhora é surda”. Evidentemente no lo era porque se calló de golpe y regresó a su mesa haciendo equilibrios para mantener las medialunas en el plato, aunque juraría que en los 6 metros que recorrió debe haber perdido cuatro o cinco. La conversación siguió a un tono normal durante unos dos minutos. Después apareció la segunda manada, porque no sé si saben uds. que suelen viajar en formato multifamiliar (dos parejas cada uno con sus hijos), los cuales entraron a los gritos también. En menos que canta un gallo, mamá São Paulo se olvidó de todo y regresó al valor por defecto en el que tiene seteado el volumen.
Claro, me tuve que ir, para salvar una parte de mi maltratado sentido del oído.
*: upgrade me pareció la palabra más adecuada, pero nunca sé cómo traducirla al castellano y que conserve todos sus matices.