La distribución regalística familiar durante la adolescencia parecía seguir una estructura guiada por un acuerdo tácito entre todos los participantes.
Mis padres, hacían un esfuercito económico para regalarnos alguna cosa que nuestros bolsillos, ni aun con los más firmes propósitos de ahorro, no se podían permitir. Una cámara de fotos, una máquina de escribir, un walkman…
Mi abuela la buena nos regalaba libros, libros y más libros. Y en algunas ocasiones, guita, libros y más libros.
Mi abuela la mala nos regalaba medias, pañuelos o colonias anodinas. Sin comentarios.
Y finalmente, mi hermana y yo, no importa si eran cumpleaños, onomásticos o navidad, nos regalábamos, el uno al otro, discos.
Y ese era EL regalo. Conocíamos al dedillo nuestros respectivos gustos musicales, que no eran exactamente iguales, pero tenían una cierta zona de solape que le permitía al regalador elegir algo que pudiera grabarse en cassette para consumo propio. Y así, por la mano de la Nena (mi hermana, y no la de 99 red Balloons), llegaron LPs de Eurythmics, Terence Trent d’Arby, Queen o U2 a compartir estante con Metallica, Iron Maiden, Ozzy Osbourne y Quiet Riot. Más tarde, a principio de los noventa, cuando yo dedicaba toooodo el día a escuchar, casi exclusivamente, Pixies, ella me completaba el espectro con un The Jesus &Mary Chain, por ejemplo.
Nunca tuvimos un tocadiscos propio en nuestras respectivas piezas. Sí reproductor de cassette, pero el “tocata” familiar estaba en el living, sobre un mueblecito en el que se guardaban los discos de mis padres. No los nuestros. Por nada del mundo permitiríamos que nuestros preciados álbumes tuvieran que codearse con Boney M, Abba, Kenny Rogers o Rafaella Carrá.
En nuestro fetichismo, y ahí sí que la Nena y yo teníamos patologías similares, comprábamos fundas de plástico transparente para proteger las tapas de cartón de nuestros discos. Una para cada disco. Y teníamos nuestros kits de limpieza -líquido limpiador exclusivo para discos en spray y gamuza- con los que los manteníamos libres de polvo y huellas dactilares. Aproximadamente cada dos meses, me sentaba en mi pieza y limpiaba, uno a uno, todos y cada uno de mis discos. Un freak, ya sé.
Luego llegarían los CDs (“compacts” se dice en las iberias), que también me han proporcionado muchas alegrías, pero no son discos. Son compacts.
Y acá se establece una barrera generacional que me separa de la gente que apenas tiene 5 o 10 años menos que yo, ya que para ellos un disco es un CD, y los otros, los antiguos, son “vinilos” o “discos de pasta”. Para mi es todo lo contrario.
Estoy empezando a preocuparme. Este ya es el segundo post consecutivo que termino diciendo: me estoy poniendo viejo.
P.S.: Bueno, ya que estamos, acá a la derecha les dejo una encuestita relacionada.